Mi amigo Pepe Alcañíz, escritor y periodista, un día, contó conmigo para la realización de un libro que hablaba sobre "La sombra de los arboles", un libro entre lo científico y lo poético, me pidió que me encargara de las fotografías. Esa petición supuso para mí "salir al campo” Recorrer espacios naturales de la Comunidad Valenciana, muchos de los cuales me resultaban desconocidos.
Siempre he amado la naturaleza. Siempre me ha sorprendido y ese encargo fue una buena excusa para volver durante un tiempo a ella.
Podía recorrer los lugares que quisiese, salvo en algunas ocasiones, que indicado por mi amigo, debía fotografiar algún árbol monumental o algún rincón de especial interés.
Poder observar detenidamente arboles de esa envergadura y sobretodo de esa longevidad me hacía pensar.
Intentaba comprender porque en general a todos nos fascina un frondoso bosque, la ribera de un río o la inmensidad de una montaña. El porqué del placer de la pura contemplación del paisaje.
Yo no tenía, ni tengo idea de botánica, ni de ingeniería forestal, ni de ecología, ni en realidad de casi nada.
Aunque haya sido una persona curiosa, siempre fui un mal estudiante (o todos mis profesores eran un desastre, cosa que dudo) Así que no soy bueno en casi nada. Tal vez puede que en observar (de ahí seguramente mi inclinación por la fotografía) (Cuento todo esto para justificar de alguna manera lo que contaré más tarde)
Un día Pepe me envío a un bosque donde habían robles y encinas enormes. Yo ni había oído hablar de ese lugar. Era otoño y el día típicamente otoñal: un poco de sol, un poco de lluvia y un poco de viento frío sobre la cara. Los arboles en esa época estaban realmente espectaculares. Las hojas de los robles todavía no habían caído y las tonalidades de amarillos y ocres eran un placer para los ojos. Las encinas en cambio seguían con todas sus hojas verde oscuras. Eran arboles verdaderamente espectaculares, que habían aguantado el paso del tiempo gracias a estar recogidos entres los cortados
rocosos próximos y supongo a una gran cantidad de fortuna.
Paseando y haciendo fotos, Frida mi canina compañera y yo pasamos una mañana realmente placentera.
Antes de irnos y debajo de una vieja encina miré al suelo, estaba inundado de bellotas. Instintivamente cogí un puñado y me lo metí en el bolsillo de mi chaqueta. Luego volví mis pasos hacia uno de los viejos robles y recogí otras cuantas.
Ahí comenzó esta historia.
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