Un pequeño valle con monte bajo y algún pequeña zona de sombra orientado al norte, que desemboca en una gran rambla fue el lugar escogido. Allí sembré las primeras bellotas a comienzo de la primavera. Marqué donde había sembrado muchas de ellas. Los resultados no se hicieron esperar. A la semana siguiente me dirigí entusiasmado a seguir con la tarea de sembrar más, no sin antes ir a mirar el lugar de la semana anterior.
Los resultados fueron realmente sorprendentes: donde había enterrado las bellotas solo quedaba un agujero. Todas las semillas habían sido perfectamente desenterradas una a una, el hueco que quedaba no dejaba lugar a dudas: alguien había saboteado mi proyecto.

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